Abusos que marcan



Durante varios meses en silencio una jovencita de 14 años, sufrió los abusos sexuales de su padre y tres de sus hermanos. La joven se vio acorralada, sin poder pedir ayuda para salir de aquel calvario que vivía en su propia casa. A la niña no le quedó más remedio que sufrir en silencio las violaciones que de forma reiterada se cometían contra ella. Pero no solo ella era la víctima, la madre también era atacada por sus hijos y esposo, según un informe de la Policía en Honduras. Fueron tan fuertes los golpes que le propinaron, que la dejaron con una discapacidad que no le permite movilizar sus piernas. La mujer está indefensa para proteger a la menor.

Este hecho conmovió a la aldea La Playa, en el municipio de Morazán, en el departamento de Yoro, en la zona norte de Honduras. Fue gracias a varias denuncias que el caso se conoció y las autoridades se movilizaron a rescatar a las víctimas y capturar a los abusadores. De cuatro, que según las investigaciones participaban en los abusos, dos fueron detenidos.

De forma constante y en diferentes puntos del país se registran varios casos que van de padres biológicos a sus hijas, de padrastros, hermanos, tíos, primos, lo que muestra que la mujer sigue siendo abusada por su condición de mujer y no es sujeto de derechos. Las familias lo ocultan. A veces las madres se niegan a creerle a sus hijas y lo peor del caso es que vemos a padres que antes de aparecer como victimarios, se sienten víctimas.

Estos padres se vuelven los monstruos de las casas, el lugar que se supone debería ser el más seguro para las niñas y niños. Observar la conducta de los pequeños es el camino que queda para que los vecinos, amigos, maestros, ayuden a determinar si un menor es abusado. La tristeza, aislamiento, baja autoestima, agresividad, vocabulario inapropiado, pesadillas y temores nocturnos, son parte de los síntomas que los niños abusados pueden presentar, según expertos. 

Hoy recuerdo la historia de las hermanas Mejía de 15 y 17 años, quienes fueron abusadas por su padre por años en el caserío La Sarrosa, en la aldea El Espíritu, del municipio de Florida en Copán. Estas menores vivieron un calvario, sometidas, encerradas y bajo estricto control. Vivían a pocos pasos de la casa de los abuelos paternos. La gente de la aldea conocía o imaginaba los abusos que cometía aquel hombre y nadie dijo nada. Los abusos se convirtieron en la comidilla del caserío, pero nadie movió un dedo para rescatarlas. 

Una noche el padre ingresó al cuarto de sus hijas para abusarlas de nuevo, pero la mayor se negó. La negativa provocó la ira del hombre y sin pensarlo, tomó un revólver y las mató. Cuando el hombre vio los cuerpos de las dos niñas, se suicidó. Esta fue una tragedia que pudo evitarse. Pero nadie lo denunció.

Cada vez que salen a luz casos como el de Yoro o Copán, nos damos cuenta del sometimiento de las familias, donde los hombres aún ven a las mujeres como objetos y debemos ayudar a que esa situación cambie. Es oportuno que si conocemos de casos donde tras esa puerta se esconde un abuso, lo denunciemos. Nunca sabemos si podemos salvar una vida o evitar mayores daños a las víctimas de los abusos entre parientes.

En el caso de la niña de Yoro, hoy respira en relativa paz tras su rescate, está lejos de sus victimarios. Pero en su corazón están grabadas las heridas, esas marcas que como sombras la perseguirán por lo vivido. Pero aquí la intervención del Estado, está obligado a ayudar a las víctimas con programas de asistencia para que puedan superar los traumas que a su paso dejan los abusos. 

Solo la Fiscalía registra este año que los casos de abusos sexuales a menores se incrementaron en un 200% y que el 95% de las agresiones contra los niños y niñas se suscita en el seno familiar. 

El tema niñez y mujer es fundamental y válido es que las instancias encargadas de proteger a estos grupos en riesgo, se tomen en serio su papel y demuestren que no solo está grabado en tinta, sino en acciones, acciones reales para proteger a los menores víctimas de abusos sexuales.


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