Solidarios Los Tolupanes



Hace más de un año visité la comunidad de San Juan, ubicada en lo alto de la Montaña de La Flor, en el municipio de Orica, departamento de Francisco Morazán, zona central de Honduras. Este es el lugar donde radican los Tolupanes una comunidad indígena. 

La zona tiene un bello paisaje. Las montañas están rodeadas de pinos. Aquí se transpira paz, el aire puro motiva a una caminata para explorar cada rincón de las cuatro aldeas donde se distribuye la etnia. Esta es una zona virgen, para llegar se destinan casi seis horas de camino, saliendo de San Pedro Sula y tomando la ruta por el departamento de Yoro. Pero también se puede accesar viniendo de Tegucigalpa.

La carretera está pavimentada hasta Sulaco, después la carretera de tierra nos hace penetrar por un camino de difícil acceso, especialmente cuando es temporada de lluvia. La comunidad de San Juan, era la tierra del cacique Cipriano, un hombre que se convirtió en leyenda. Dirigió la aldea por varias décadas. En el mes de junio de este año, a sus 115 años, murió. Cipriano era el hombre más longevo del país y no hay duda que dejó un legado a sus hijos, a la etnia y al país. Marcó la historia, muchas anécdotas hay que contar de ese personaje que se recuerda junto a su burro Palmerolo, que le regaló el ex Presidente Manuel Zelaya.

Hoy cuando revisaba las fotografías del recorrido que hice a la comunidad, pensé que era importante escribir sobre este grupo. Si porque hablar de los Tolupanes como de otras etnias, es un orgullo. Muchas veces no se entiende el mundo que les rodea, las dificultades que atraviesan y la solidaridad que practican. Si, esta comunidad pese a la pobreza en la que viven si algo los distingue y nos dan una lección es que todos se apoyan, todos se ayudan, el dolor de uno es el de los otros. 

Para penetrar en los espacios de los Tolupanes y hablar con su gente se necesita la autorización del cacique, quien es el que determina si se pueden hacer fotos, entrevistas y recorrer el poblado. Para el mes de julio del 2014, cuando visité San Juan, Don Cipriano aún vivía, pero estaba en cama. La enfermedad le avanzaba y sus fuerzas poco a poco se apagaban. Pese a su estado de salud habló unas cuántas palabras con nosotros y después encomendó a su hijo Ricardo Martínez para que nos acompañara en el recorrido por San Juan.



Tengo grabada la imagen de aquellas mujeres que tras ingresar a la aldea nos siguieron. Despeinadas, con sus rostros sucios, vestidas de colores, cargaban en un brazo a sus pequeños hijos y en otro las canastas de carrizo que elaboran. "Cómpreme la canasta, se la voy a dar barata" me dijo una de las que salió en el camino, pero tras ella otras más también pedían que les comprara. Todas las ofrecían  en 20 lempiras, (menos de un dólar).

No niego que me sentí abrumada, eran tantas las mujeres que no sabía a quiénes comprarles. Pero a cada una les tomé una. Ellas me contaron que con la venta de canastas logran darles de comer a sus hijos, porque a veces pasan días enteros sin comer. Y fue cierto. Las casas elaboradas de bahareque y techo de paja, tenían los fogones apagados. "No hay con qué, no tenemos cómo cocinar y desde ayer los frijoles se acabaron" me dijo una de las mujeres.

Les pregunté cómo hacían y me dijeron que algunas veces aguantaban y otras, los vecinos les comparten lo poco que tienen y así sobreviven. En los campos los hombres cultivaban maíz, pero la falta de lluvias los tenía preocupados porque la milpa se secaba. Les pregunté si el Gobierno les apoya y me dijeron que pasan olvidados y que a veces son las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), las que les ayudan.

Pese a todo los Tolupanes, no pierden la sonrisa, tienen paz, saben compartir, respetan las leyes de su tribu y no dudo que son felices, a su manera, pero felices. Las tres horas que me pasé en la aldea sin duda me dejaron una lección de vida, de esas que con solo estar en un lugar Dios te da con el ejemplo lecciones, donde vemos que los que más necesidades pasan, son los que menos exigen. Que esta etnia es noble, sin maldad, que abren la puerta de sus casas y lo poco que tienen te lo ofrecen y que a pesar de todos los obstáculos, ellos siempre creen que el mañana será mejor.

Me traje conmigo de San Juan los valores que en las ciudades perdemos, la amabilidad que a veces por desconfianza y miedo es tan difícil encontrar y la solidaridad, ese ingrediente que te hace ponerte en el dolor ajeno, la que te dice comparte cuando el otro sufre y te alegra o entristece cuando el otro sufre o goza. 

Esa es la vida que aún los Tolupanes no pierden, de las cosas más simples gozan y nos toca aprenderlo. Ojalá usted que me lee tenga un tiempo para que penetre en ese mundo, donde la palabra maldad no es parte del lenguaje y donde aún guardan el respeto, las reglas de convivencia que marcan la diferencia con las áreas urbanas. Difícil para mi olvidar San Juan, difícil olvidarme de Cipriano que forjó el camino que ahora sigue su tribu y por eso dedicó hoy estas líneas para esos hombres y mujeres que luchan también en medio de la adversidad por sobrevivir.

La Montaña de la Flor de lo bueno por descubrir en Honduras.



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