Depuración Policial un intento fallido



Muchas leyes y pocos resultados, procesos iniciados, elementos en disponibilidad, retiros honrosos y reintegros, forman parte de la cadena de acciones que con el afán de depurar a la Policía Nacional de Honduras, las autoridades han implementado tras los escándalos de corrupción que salpican a varios de sus elementos. Pero, pese a todas esas medidas, el resultado es mínimo.

La institución se vio inmersa en varios escándalos, que han ido desde la operación de bandas criminales liderada por policías y que según los informes investigativos dirigían su accionar desde algunas jefaturas departamentales, municipales y postas policiales. Fue hasta que se dio el asesinato de Rafael Alejandro Vargas, hijo de la rectora Julieta Castellanos y su amigo Carlos Pineda, que empezó a confirmarse lo que para muchos era un secreto a voces: elementos de la Policía si participaban en ilícitos.

Esos señalamientos provocaron que se tomaran medidas para limpiar la institución, pero no se logró. La confianza en la institución se perdió y originó la salida de dos directores policiales. Además obligó al Estado a adoptar medidas, de allí la creación del Decreto de Depuración Policial, la Ley de Aplicación de las Pruebas de Confianza y la creación de la Dirección de Investigación y Evaluación de la Carrera Policial (DIECP), pero hasta ahora esas herramientas no han generado los resultados esperados. 

De más de 1442 elementos policiales que en su momento tanto el ex ministro Pompeyo Bonilla y el ex director Juan Carlos Bonilla, ordenaron poner en disponibilidad, apenas a 400 efectivos se les entregó la comunicación. Las pruebas de confianza eran claves así como las notificaciones de disponibilidad. La Diecp envió los expedientes investigativos de los policías junto con los resultados de las pruebas, para que con ese soporte el Ministro de Seguridad procediera a enviar el listado al Director de la Policía notificando quienes estaban no aptos para continuar. 

Con esa documentación el Director, solicitaba al Ministro la cancelación de esos Policías y era cuando la mayoría presentó incapacidades médicas, mismas que duraron de uno a dos años y de esta forma evitaron ser notificados para no ser cancelados. Lo mismo pasó con los que estaban en disponibilidad y que estaban en investigación. 

Los pocos avances entonces se ven palpables en la gestión de el ex Ministro Pompeyo y El Tigre Bonilla. Después el proceso empezó a debilitarse y fue cuando varios de los cuestionados fueron llamados de nuevo a la institución.

El Congreso Nacional tuvo toda la intención para que se diera la depuración, pero hubo una trampa en la ley, cuando se menciona que se dio poder al Director y vemos que en la práctica no fue así. El sistema de separación pasa primero por las manos del Ministro de Seguridad como intermediario del proceso. Por eso ahora se busca que desde el Congreso Nacional se apruebe que la potestad para cancelar los efectivos pueda darlas directamente el director de la institución policial.

Pero para los representantes de organizaciones civiles que han seguido de cerca el proceso, hay decepción por el triste papel de la Diecp. "La Diecp nos decepcionó a todos por su actitud pusilámine frente a la alta oficialidad de la Policía Nacional, la focalización de sus investigaciones en la escala básica y los pobres resultados" me dijo Omar Rivera, coordinador de la Asociación por una Sociedad más Justa.

Y tiene razón, son más de 150 millones de lempiras gastados en acciones infructuosas que no pudieron llevar a los tribunales de justicia y mucho menos castigar a policías involucrados en actos ilícitos e integrantes de bandas del crimen organizado.

Muchos creen que el futuro de la Diecp es formar parte de los recuerdos de los fallidos intentos por depurar la Policía Nacional. Queda claro que los nuevos procesos de investigación, evaluación y certificación de los recursos humanos de la Policía deben garantizar que las entidades que estén al frente de los mismos tengan elevada capacidad técnica, independencia y voluntad política de hacer una rigurosa profiláxis en todas las estructuras de mando de la Policía Nacional.

Conozco a varios elementos, oficiales y de la escala básica que luchan incansablemente día a día por darle el mejor rostro a la institución y borrar ese sabor amargo de los malos oficiales que abusaron de la confianza de sus superiores y de la población. Eso nos da la pauta que hay hombres y mujeres comprometidos, con la convicción de que el rumbo de la Policía debe cambiar. La hora de dar pasos firmes en la depuración ha llegado, no hay más esperas, se lo merecen los buenos policías, nos lo merecemos los hondureños.

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